Maximin Grünhaüser Herrenberg Riesling Kabinett Troken 2003

Infanticidio pero ¿quién sabe con estos 2003? Carl von Schubert transmite a sus vinos una imagen y filosofía clásica, tendiendo a lo barroco. La bodega (weingut) situada en una antigua granja monacal impresionante, situada a los pies de la colina de Maximin Grünhaus, donde están los tres grandes pagos propiedad de la bodega, Herrenberg, Bruderberg y Abstberg, en Ruwer.

El pago Herrenberg ocupa 19 hectáreas donde hay plantadas Riesling, Müller-Thurgau y Kerner. En este caso se ha vinificado la riesling de forma tradicional, donde el roble es sólo utilizado como elemento más bien neutro, ya que es utilizan grandes depósitos de roble que casi no aportan elementos al vino. Stefan Kraml se ha convertido desde el 2003 en el enólogo encargado de su vinificación (anteriormente el enólogo de la bodega fue Alfons Heinrich).

Al vino. Voy a ser sincero, los moselas jóvenes necesitan mucho aire. Suelo darles jarreos bastante abruptos, tratamientos pulpos (dixit Juan Ferrer) y siguiéndolos durante días.

Amarillo pajizo y limpio, clásico. El primer día se mostró bastante cítrico en nariz, con una sensación un tanto picante y una boca desequilibrada por el nivel de azúcar y acidez. Al día siguiente, la nariz se había abierto dejando muy buenas sensaciones minerales y una limas muy refrescantes. En boca se sigue mostrando desequilibrado, pero la acidez va ganando fuerza en pro de la dulzor (¡suerte qué es trocken!). 5 días después, la nariz se muestra fatigada, pero continúa dejando buenas sensaciones y en cambio, la boca se ha vuelto poderosa de estructura, dejando ligeras sensaciones de botrytis cinerea y una muy buena profundidad. Un blanco delicioso y que pese la añada, parece que puede evolucionar bien. 91 PF.

Lastimosamente esta bodega no es importada aún por ninguna empresa a España. Mi botella fue comprada en un Mövenpick-Weinland de Berlín por 19 euros. Aunque la oferta de vinos alemanes en España se ha disparado, gracias sobretodo a Pitu Roca, Michael Wöhr y su importadora Vins Alemanys.

Petits tocs mallorquins


Medio mallorquín que es uno, y tras no poder visitar la isla durante la Semana Santa, que es en las épocas que más me gusta, por los aromas y paisajes que proporciona la isla, he podido disfrutar por fin de mis queridas “Panades” y “Cocarrois”. En este caso no son artesanas, sino que las hemos comprado en una pequeña pastelería del Moll (Puerto) de Pollença, en el extremo septentrional de Mallorca.


Las “Panades”, como bien se puede entender, son una especie de empanadas circulares, que suelen contener trozos de cordero, sobrasada, panceta y guisantes, aunque me consta que hay muchas variaciones, como las de verduras o de pescado. Hay cierto peligro de saturación para el no iniciado, ya que la masa puede llegar a ser muy pesada, por lo que es importante que sea de buena finura.



Los “Cocarrois” o “cocorrois” (nunca he sabido como se escribe correctamente, pero yo pronuncio cocorrois) también son empanadas, pero en forma de semicírculo, rellenas de coliflor, acelga escaldada, pasas y piñones. Son, por lo general más dulces, pero tienen un contrapunto salado bastante interesante. Aquí la masa también es importante.



Lastimosamente, no he podido hacerme traer ni “crespells” ni “robiols”, deliciosos postres de la tradicional cocina mallorquina. Si tenéis intención de visitar la isla por esta época, no dudéis en probarlos. Mis preferidos los “robiols de brossat”. Armonías posibles: Callet Vinyes Velles 2003 de Toni Gelabert para los salados y Sió Contrast Dolç de Bodegues Ribas para los dulces y escuchando a María del Mar Bonet o a los Antonia Font. Casi nada.

Montrachet Grand Cru 1999 de Maison Louis Jadot

Grande, grande, grande. Espectáculo mineral reflejado en blanco. Decir Montrachet evoca a la más excelsa expresión de la Borgoña blanca. De estas 8 hectáreas de Chardonnay repartidas a partes iguales entre las comunas de Puligny y Chassagne, según Neil Martin actualmente 33 propiedades embotellan vinos con derecho a mención de este Grand Cru. Y las botellas más cotizadas son las provenientes de las 0,67 hectáreas propiedad de Domaine de la Romanée-Conti.

De una indeterminada porción de esta parcela, Jacques Lardière, enólogo de Louis Jadot, vinifica este pago siguiendo las doctrinas clásicas de la Borgoña, mediante fermentación en barricas de roble y posterior crianza, entorno a los 18 meses. La Maison es propiedad de la familia Kopf, importadores de sus vinos a Estados Unidos a través de su empresa, Kobrand Company. Dato curioso, la promoción realizada por la familia en el mundo audiovisual norteamericano hace de las etiquetas de la Maison de las más mediáticas de la Borgoña (por ejemplo aparecen botellas de Jadot en series tan exitosas como “Friends” o en películas como “Mickey Blue Eyes”, donde sus vinos son servidos en el bodorrio final).

Y ya que estoy, saliéndome por la tangente, voy a romper dos lanzas a favor de dos conceptos algo denostados por los consumidores habituales. Uno es la imagen de las Grands Maisons en la Borgoña, donde he llegado a oír de verdaderos apasionados que sus vinos suelen ser vinos sin alma (ajem) y luego, en pro del formato de botella a 37,5 cl., tan óptimo para consumos a corto-medio plazo, aportando nuevas soluciones para el consumo en el mundo de la restauración, tan afectado por las leyes que se están promoviendo en España.

Pero entremos en materia. Realmente, sabiendo que estoy cometiendo un infanticidio, la visual es claramente joven, con tonalidades pajizas, limpio y brillante, con cierta densidad en el movimiento. Profundo ya, en nariz se muestra complejo, maduro y persistente, evocando una nariz donde la fruta (albaricoque) se siente ligada a los especiados, a las setas frescas, amielados y ligueros toques de humo, galleta y sílex, bajo un fondo de tiza, evocando su origen calizo. En boca muestra una textura untuosa, sabrosa, pero equilibrada y persistente, dejando un rastro por la boca impresionante e imponente, delineado perfectamente por la acidez. Grande y duradero, aún lo siento en boca. 96 PF.

Sin duda, se trata de un regalo para los sentidos. Se pueden localizar los vinos de la Maison en Vilaviniteca y Celler de Gelida, en Bcn. También en los centros de El Corte Inglés de la ciudad condal se pueden localizar.

Gevrey-Chambertin 1999 de Domaine Jean & Jean-Louis Trapet

Charlando el otro día con un buen amigo sobre las bondades de ciertas añadas cercanas en la comuna de Gevrey (Côte de Nuits, Borgoña), comentábamos que los enotaraos solemos buscar vinos procedentes de añadas que, a priori, necesitan de botella para darlo todo (ejemplos más recientes son los vinos del 1999 y 2002) y desestimamos años cuyas características, a priori, no parece transmitir vinos de larga vida. A la mente me vienen años como el 1998 o 2000, donde no se si por freno psicológico o por puro snobismo intento evitar, pero que seguramente ahora mismo están dando mucho más placer y con el aliciente de presentar precios mucho más bajos de venta.

Consideraciones un tanto generalistas, pero realizadas en motivo de haber abierto una botella de Gevrey-Chambertin 1999 de Domaine Jean & Jean-Louis Trapet.


La familia Trapet, propietarios de 13 hectáreas de viñedos en Gevrey y Marsannay, incluyendo una parcela en el Chambertin Grand Cru, practican una viticultura orgánica, rozando con los parámetros de la agricultura biodinámica, en suelos, pudiendo llegar a producir 60000 botellas al año.

Jean-Louis, enólogo responsable, ha dado un giro al estilo del Domaine desde finales de siglo XX. En la pequeña bodega se realiza las fermentación alcohólica en barricas abiertas, utilizando un 30% de uva sin despalillar, y cría sus vinos entorno a los 15-18 meses, aplicando un porcentaje minoritario de roble nuevo, porcentaje que varia según el pago vinificado. En este caso En Dérée, Champerrie (con viñedos plantados en 1919), Clos de Combe, la Petite Jouise y la Vigne Belle, nombres de los pagos que componen este Gevrey Village, viñedos ciertamente maduros.

En visual, presenta una buena capa, comparativamente más opaca de lo normal. En nariz, se percibe algo cerrado, con la fruta roja un tanto escondida entre una poderosa sensación terrosa y un ligero aroma especiado. Nariz falto de mayor finura, pero bastante borgoñona. En boca aún se percibe la tanicidad áspera, pero equilibrada por una magnífica estructura, delineada por una muy buena acidez. Persistente y con poderío borgoñón (¡Con lo que eso significa!), pero necesitado de guarda, para afinarse y dar todo lo que puede dar. 90 PF.

Es curioso, en septiembre tuve la oportunidad de probar un magnífico Gevrey 1993 del mismo elaborador, un vino explosivo por frutosidad, corpulencia y madurez, en uno de los restaurantes más enopáticos de la Costa Brava gerundense, el Villa Más, en Sant Feliu de Guíxols, y más recientemente un Chambertin 1993 y curiosamente me gustó más (me quedó mejor recuerdo) el Village. El giro de estilo de la bodega quedó bastante palpable. Se pueden localizar los vinos del domaine en VilaViniteca.

Chassagne-Montrachet 1er Cru Les Caillerets 1994 de Marc Colin

Ciertamente es en las añadas con las condiciones climatológicas más desfavorables donde se ve la verdadera valía de un productor. La añada 1994 en la Côte de Beaune (Borgoña) fue afectada por un final de agosto bastante lluvioso, aunque se pudo rectificar la situación con el buen tiempo que se tuvo a mediados del mes de septiembre. Fruto de ello se obtuvieron unos blancos con niveles de acidez comparativamente bajos para la zona, lo cual no les auguraba una vida larga.

Con todo ello, me topé el otro día con una botella de Chassagne-Montrachet 1er Cru Les Caillerets de Marc Colin, que presentaba unas óptimas condiciones de guarda y a un precio considerablemente moderado (34 euros), teniendo en cuenta el pago y el elaborador.

Pierre-Yves Colin es el enólogo encargado de la vinificación de los vinos del Domaine, con la ayuda de su padre, Marc, de 60 años, que debido a su jubilación está transmitiendo sus amplios conocimientos a sus tres hijos, Pierre-Yves, Joseph y Damian, sobretodo en la elaboración de vinos blancos secos, dentro de la bodega que tiene la familia en Gamay.

La vinificación se realiza al estilo tradicional borgoñón, con fermentación en barricas de roble y crianzas medias entorno a los 10 a 14 meses, en barricas de roble, solo aportando una buena cantidad de roble nuevo a los mejores pagos. Curiosidad técnica, los Colin no son muy partidario de la práctica denominada “bâtonnage” y prefieren que los vinos se críen entre sus propias lías.

Les Caillerets es un Premier Cru situado al sudoeste de la comuna de Chassagne, del cual el Domaine posee una parte de las 5,49 hectáreas que forman la viña. ¡Ojo!, no confundir con los otros dos pagos que existen en las comunas de Puligny y Volnay. El primero, Le Cailleret, afamado 1er Cru, en singular y el 2º, que es un 1er cru para vinos tintos, pero del que una pequeña parte de vino blanco se embotella como Meursault 1er Cru Les Caillerets.

El vino presentaba una visual para nada evolucionada con un amarillo dorado, un tanto pálido. En nariz, sobresalen aromas de humo, fruta amarilla (albaricoque) algo justa y notas medicamentosas, bastante agradables. Conjunto nítido, de intensidad media, pero parece presentar un buen estado evolución. En boca es donde se percibe más la sensación de añada pasada por agua, con un volumen y textura algo diluidos, pero mostrando un nivel de acidez correcto. Se percibe un paso por boca con la fruta amarga presente, dando carácter. El postgusto es de persistencia media. Seguramente estemos ante un vino que ya se encuentra en una curva de evolución descendente. Aún así, un más que digno Les Caillerets. 87 PF.

Pierre-Yves Colin posee su propio Domaine, ya que desde el 2001, ayudado por su mujer Caroline Morey (su familia posee el Domaine Jean-Marc Morey) embotella bajo el nombre de Domaine Pierre-Yves Colin-Morey, produciendo en su bodega de Chassagne-Montrachet, vinos de una cartera impresionante de pagos . De ambos Domaines se pueden encontrar vinos en La Part dels Àngels.